-Ha de ser dulce el infierno-,
Pensé tantas veces durante mis desvarios, en mis agonías y muertes, tantas veces.
-Ha de ser dulce el infierno-,
Dice Rimbaud mientras apunta su dedo y pone un precio a un hombre de tes negra,
Una comparación sin sentido quizá.
Me despojo de mi humanidad, cuando mi alma duerme, y huyo lejos de mi.
Planeo mi gran venganza, los hombres como yo dejamos atrás la etíca y la moral, meros inventos, lazos que atan.
Sin horizontes, el hombre arde en un espejo, sin reflejos, incapaz de reconocer su rostro.
Suenan chirridos en mis oídos, gritos, rezos.
Desciendo del polvo extinto, de la tímida raza
Cobijando aun los deseos de los primeros años, estoy sentado sobre una piedra, imaginando el significado de retribución, mis manos como dagas.
Estoy columpiando mis instantes sobre un manantial de la inmensidad de la locura, ya no soy yo, la muerte me ofreció su brazo, y lo acepté sin dudarlo.
-Ha de ser dulce el infierno-, repiten mis labios ya sin entender el significado.